La teoría de los capullos

En la vida hay dos tipos de personas. Los que son capullos y los que no. Si me viera obligado a segmentar el mundo en dos tipos de personas, esta, y no otra, sería mi elección.

El mundo conocido está cambiando a una velocidad impresionante. Algunos lo llaman crisis global-económico-financiera-productiva-competitiva-social-y-de-valores. Lo resumimos y lo llamamos cambio y se define mejor y más rápido. Cambio a lo bestia.

Volviendo a mi auto-impuesta obligatoriedad de segmentar, si tuviera que responder a la pregunta: ¿Quién tiene la culpa de que al cambio se le llame crisis? Sencillamente y sin dudarlo, los capullos. Es más, normalmente suelen tener la culpa de casi todo lo malo.

Me explico.

Soy de la opinión de que si estamos entre el 25% de los habitantes más afortunados del planeta es gracias al otro 25% que se encuentra en el otro extremo. Así de fácil y de triste a la vez. Una gran balanza esencialmente injusta que acepto. Me parecen extraordinarias las personas que luchan contra esto. Por el momento yo no lo hago.

Si hacemos zoom desde planeta a Europa, y de Europa a España, nos encontraremos un impresionante país de más de medio millón de kilómetros cuadrados de extensión y habitado por casi cuarenta y ocho millones de personas. El que más conozco, en el que paso la mayor parte de mi tiempo, perfecto para mi explicación. Pues bien, este magnifico país se encuentra erróneamente segmentado. Encasillados que se dice en el cine. Están los que son de izquierdas y los de derechas. Los nacionalistas y los independentistas. Los que piensan que la culpa de todo lo que les pasa la tienen los empresarios y otros que opinan que aquí no damos palo al agua gracias a los sindicatos. Pobres y ricos, los del Madrid y los del Barcelona, ateos y religiosos… Y así un sinfín de polos inicialmente opuestos y en constante lucha los unos contra los otros. Curiosa manera la nuestra de separarnos y diferenciarnos por tan pobres razones. Debería de ser más sencillo. Si fuéramos capaces de separar la hoja del grano, encontraríamos una manera mucho más justa de entendernos y diferenciarnos. Entonces el esfuerzo y la lucha de tantas personas se focalizaría en algo más importante, con más sentido. Imagina que en vez de luchar por y contra opiniones e ideales, lucháramos por y contra valores y actitudes. Identificando a los que son capullos de los que no lo son. Y que estos últimos tuvieran el control de la situación. ¿A que nos poníamos de acuerdo más fácilmente?

Si hacemos todavía más zoom nos encontramos a las personas. Cada uno de su padre y de su madre. Todos iguales y todos distintos a la vez. Todos con un capullo dentro lleno de  temor, arrogancia, mentiras, orgullo, ira, envidia, dolor, egolatría, superioridad, rencor, avaricia… Y a la vez un no capullo ávido de alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, dulzura, humildad, generosidad, amistad, verdad, compasión… Ambos en lucha constante. Ahora imagina que no alimentas nunca más al capullo que hay en ti. ¿Quién ganaría la pelea?

Potente principio de cambio. Desde la persona a la comunidad. Desde la comunidad al mundo. Una nueva balanza que nos posiciona por cómo somos, no por lo que somos. Más justa y perfectamente sostenible.

¿Un nuevo paradigma?

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